SERPENTEA EN LOS PASILLOS


Por: Piolín de Chorizo
Docente reflexivo de la FICH (asustado)

1 –   “Twister”. Una masa.


Como de costumbre, mis destilados tienen origen en algo que me ha sucedido y que me hizo reflexionar sobre algún aspecto del nacimiento, crecimiento, desarrollo y reproducción de la institución que nos alberga a todos nosotros. Son hechos, o recreaciones de hechos, u opiniones, que admiten distintas perspectivas. Por lo tanto pueden generar asperezas, dolores y molestias. Y, como alguna vez he expresado en el blog, personalmente mantendré mi punto de vista hasta que me demuestren que hay otro mejor. Así como hay  quien se rasca cuando lo que escribo pica, confieso que yo también me he rascado varias veces, y no dejo de hacerlo. Repitiendo algo ya expresado, me permito disentir con Max Planck (aunque a Max seguro no le importará), que decía que los cambios de paradigmas son posibles no por convencimiento o pruebas, sino porque los científicos – eventualmente – se van muriendo.
El hecho que da origen a este destilado es el “tornado” que debió destruir Santa Fe a fines del año 2012, casi coincidiendo con el fin maya del mundo.
Se dice que dicen que hubo una orden, emanada de las más altas jerarquías civiles, de evacuar todos los edificios en los que funcionara alguna repartición burocrática o educativa de todos los niveles y jurisdicciones en la ciudad de Santa Fe. Se venía El Tornado.
Yo, Piolín de Chorizo, campesino cholulo y conspicuo televidente, revelo haber visto por lo menos diez veces la película catastrofista “Twister” (cuando la estrenaron en el cine, y después siempre en Estreno Absoluto por TV). Haciendo caso omiso de la orden de evacuar el edificio – desobediencia debida – y arriesgando mi vida, corrí hacia las ventanas del aula 9, en el tercer piso, esperando ver al Dedo de Dios trazando un surco desde Alto Verde hacia el casco urbano, aspirando y expulsando árboles, edificios, vehículos y vidas, o derecho hacia la Facultad, derrumbando torres de alta tensión, formando trombas en las hermosas lagunas de la isla, elevando sábalos, biguás, iguanas, cuises y algún isleño hacia la inmortalidad.
Para llegar hasta la ventana tuve que abrirme camino a través de montículos de polvo añejo, fibrones usados, chicles fosilizados, paraguas rotos y olvidados en la primera década del siglo y algunos cadáveres momificados de murciélagos ficheños, especie casi extinguida de chacales alados que solían habitar en los cielorrasos y que tenían la única y milagrosa cualidad de cagar más de lo que comían.
Despejar las ventanas de telas de araña, tierra inamovible desde la inauguración del edificio y excrementos de moscas y pájaros fue una tarea digna de un batallón de Hércules. En comparación, al patovica griego los establos del Rey Augías, sin manguerear durante treinta años, le hubieran parecido un quirófano recién esterilizado.
Una vez abierto el paso, vi un cielo muy negro y ominoso, con tintes violáceos y verdosos, y algunas espesas cortinas de lluvia que ocultaban el horizonte. Y luego, sobre los edificios vacíos, hubo un poco de oscuridad, algo de viento, unos pocos relámpagos y una llovizna molesta. Planeaban, sobre las facultades evacuadas, el miedo al vórtice, algunas preguntas que algunos nos hicimos, algunas respuestas que algunos nos dimos y que algunos, no.
Corrí hacia la oficina donde se reciben los datos del radar meteorológico de Paraná, y – firmes en la trinchera – ahí estaban quienes los analizan, estudian, descifran y aplican. Ante mi desesperada pregunta
-¿Y dónde está el tornado?
recibí una rara respuesta:
-El único Tornado que conozco es el motor del Torino que tenía mi abuelo. Un fierro, tenía dos carburadores Webber. Al principio hacía cinco kilómetros por litro de nafta, y al final también hacía cinco kilómetros, pero por litro de aceite. Una masa. Ahora está en el gallinero, hecho percha para las gallinas. Eso sí, levantaba a ciento ochenta en…
-Pará, bestia. Estoy hablando de un tornado. Aire que gira rápido – le aclaré, apuntando con mi índice hacia arriba y haciéndolo girar rápidamente.
-Ah. Andá a ver “Twister”. Es muy buena, la vimos como diez veces. Tiene unos efectos bárbaros, y el vago se la termina levantando a la ex. Una masa. Además, tenían unos radares que…
-¡Pero hay que evacuar! ¡Hay una orden!
-Evacuá vos si querés. Ahí en el armario hay papel higiénico de doble hoja, una masa, al del baño no lo reponen desde el día de la primavera. Y cuando entres empujá, porque hay roña amontonada desde el equinoccio anterior, el de otoño. Ya no es mugre, son detritos.
-¡Nooo! ¡Hay que evacuar el edificio! ¡¿Se viene un tornado?!
-Qué se yo. Andá y preguntá por ahí abajo, en el Laboratorio. Yo me voy a casa, a ver si me atropello algunos mates con tortas fritas. La patrona hace algunas que te la voglio dire.
Peregriné hasta ahí abajo, en el Laboratorio. Firme en su trinchera, el caballero que ahí estaba en ese momento me miró, con las cejas levantadas, cuando me aparecí por la puerta.
-Che, ¿hay un tornado?
-… (levantamiento de hombros y cejas)
-Necesito datos, por favor. ¿Hay o hubo alguna vez un tornado en Santa Fe?
-A ver. Presente una nota de pedido de información por Mesa de Entradas, junto con una nota de agradecimiento, fechada quince días hábiles después.
-¿Nota de pedido? ¿Y de agradecimiento? No me diste nada todavía. Quiero saber ahora.
-A ver. Es que queremos demostrar que la gente es agradecida, y a veces se olvidan. Mire la carpeta de agradecimientos que tenemos – mostrándome un bibliorato respetable.
-Por favor. De onda, ¿sabés algo de un tornado?
-A ver. Vaya hasta la oficina del radar, en el tercero. El tío de un vago, ahí, tenía una Estanciera IKA-Renault con un Tornado de siete bancadas, casi cuatro litros. Una masa. La sacaba los fines de semana para darle la vuelta al perro.
-No era el tío, era el abuelo. Y no era una estanciera, sino un Toro 380W, cupé, por lo que me dijo. Y no lo sacaba para darle vueltas a la plaza, lo levantaba hasta 180.
-A ver. No le crea nada. Yo lo conozco. Vaya de parte mía y pregúntele bien.
Ya estaba saliendo para encarar el tercer piso para enterarme bien, cuando caí en la cuenta.
-Pará. Aclaremos las cosas. Quiero que me des datos de tornados. Aire que gira – repetí el gesto del índice que da vueltas apuntando hacia arriba.
-Vaya a ver “Twister”. Yo la vi como diez veces. Una masa. Unas tomas increíbles, parecen de verdad. La mina buena, lo que se dice buena, no está, pero medio como que se la banca. Una taradita. A ver. Esos trabajos no son para mujeres – sentenció mientras atendía el teléfono.
-¡Pero hay que evacuar!
-Evacúe usted si puede. A ver. Yo soy de tránsito lento.
-El edificio. Hay que evacuar el edificio. Tornado (dedo que gira). Se viene.
-Náááá. ¿Acá? No me joda, Chorizo. Me voy a clavar unos mates a casa de un amigo, me invitó. Salen con tortas fritas. Su patrona las hace fantásticas, una masa. A ver, ¿viene?
-No, el mate con tortas fritas me da acidez. Y para vos no soy Chorizo. Aspiro solamente a ser Sr. Piolín de Chorizo. Y otra cosa. Haceme la caridad de sacarme de una duda. ¿Decís “a ver” para hacer tiempo y tratar de poner tus patitos en fila o para darme tiempo para ordenar los míos? Porque yo la tengo bastante clara. Y si me llegás a sugerir siquiera el “a ver” una vez más te orino dentro de todos tus pluviómetros.  ¿tá?.
-A ver. A mí no me tutee ni me amenace, Sr. Chorizo. Estamos en una democracia de un país libre, y usted no llega ni a Piolín. Acuérdese de las dos notas, hágame el favor. O sea.
Y eso fue todo. Derrotado, recorrí los desiertos pasadizos de los edificios, viendo los muebles desacomodados y los papeles que la estampida del feliz tropel había dejado en los pisos. Vi uno o dos gatos sobrevivientes maullando con desesperanza en los descansos de las escaleras. Las golondrinas de los patios, ferozmente territoriales, hacían vuelos rasantes sobre mi cabeza cuando me asomaba a las ventanas. Algunos funcionarios (sobraban mucho los dedos de una mano para contarlos) los más valientes, se insinuaban en las puertas de sus despachos, con un gesto de incomprensión por lo que no había sucedido pese a la palabra oficial.
No todo estaba en absoluto silencio. El edificio murmuraba.
Me paré en medio del pasillo principal, y vi – a la luz vacilante de las luminarias – que se trataba de algunos remolinos de polvo, insectos muertos, murciélagos enfermos y hojas secas que bailaban cerca de las puertas.
Pero eso no era todo.
Sentí que se me erizaban los pelos de la nuca y de los brazos, una repentina taquicardia, un vacío en el estómago, un dilatar de pupilas. Era como si estuviese parado sobre un generador de ruidos de bajísima frecuencia.
No era un terremoto, ni el subsónico rugido de un tigre bengalí. No.
Era una feroz descarga de adrenalina.
Porque sentí que algo serpenteaba, susurrando, por los pasillos.

2 –   Siseaba en mis oídos.

Me zumbaban los oídos, pero no era un ruido blanco. Prestándole atención parecían palabras que sonaban distorsionadas, como pronunciadas debajo del agua, o por una radio de mala calidad mal sintonizada. Concentrándome más todavía alcancé a percibir frases que armaban una especie de conversación entre muchos:
“-El plan de evacuación en el caso de un tornado es el mismo que para un incendio, un escape de gases tóxicos, un terremoto y un ataque de lampalaguas hambrientas. Huir en dulce, divertido y bullanguero montón, sin orden ni concierto.
-Pero nos mandaron a todos al matadero. Id al encuentro del tornado, dijeron. Poned pies en polvorosa. Las calles son lo más seguro cuando de tornados se trata, dijeron. ¿Querrán disminuir la población estudiantil y académica? En la Ciudad Universitaria están los sótanos más seguros de la ciudad. Inmensos, rodeados de miles de toneladas de arena firme por refulado, vibro-comprimidas, y con paredes, techos, columnas y pisos de hormigón armado así de grueso.
-Los sótanos no se pueden usar. Una parte está saturada por las ratas, otra parte está inundada y otra está copada por un piquete de okupas del MATE y el GRD. Ojo con estos tipos, tienen ahí almacenadas armas de destrucción masiva.
-¿Atómicas, biológicas, químicas? ¡Saddam Hussein resucitado! ¡¿Nos van a mandar a la CNN?! ¡Y yo con estas crenchas!
-No. Son armarios, estanterías y discos compactos llenos de promesas sin cumplir, resoluciones sin divulgar, currículos excelentes pero rechazados de gente que concursó algo pero no es del palo, proyectos de ampliación bien hechos, declaraciones juradas de cargos y horarios verdaderas, diseños de playas de estacionamiento tipo parque para todo el mundo, la declaración liminar de la Reforma, inquietudes sobre la calidad educativa y otras estupideces.
-Pero ésas no me parecen ser armas de destrucción masiva. A mí me parecen armas de construcción masiva.
-¿El MATE? ¿Quién los conoce? MATE: ¿Movimiento Anarco-Trotsko-Ecologista? ¿Movimiento Apocalíptico Terminal Esperanzado? ¿Movimiento Apolítico Tercerizado Eucarístico? ¿Menesunda Atípica de Tenebrosos Eclécticos? ¿Misóginos Armados Tri-Estudiantiles?
-¿Armados? ¿Tri? Caramba.
Sí, se dice que son tres y el líder anda calzado con una gomera Bullseye con mira telescópica, rompió todos los vidrios de la pared sur de la Nave de Modelos y recién los reemplazaron. Esa gomera es una máquina.
-MATE: se juntaron alrededor de un mate.
-¿El GRD? ¿Gandules Revolucionarios Desesperados? ¿Gente Rabiosa y Dispersa? ¿Grandes Retobados y Díscolos? Un grupo de trastornados que protesta y pregunta. No hay que darles bola, van a desaparecer por el solo peso de la indiferencia.
-GRD: Grupo de Reflexión Docente. Como decís, retobados.
-¡Sí! ¡Petardistas de trinchera! ¡Juntos con el MATE, la fracción disidente armada de la CCC (Club de Consumidores de Cerveza), el MAO (Movimiento de Apaches Open-minded), el GHOST (Grupo de Homosexuales Organizados de la Seccional Tercera), la Cámpora y los millonarios de Greenpeace quieren asaltar el poder! ¡No se lo permitiremos!
-No señor. El poder está en las manos que deben sostenerlo, mantenerlo, hacerlo crecer, hacerlo servir a los sacrosantos objetivos de la Institución.
-Eso. ¡Que vivan las bellas fuentes y las proletarias y eco-democráticas bicicletas! ¡Gloria y loor al funcionariado súper desarrollado con esteroides, anabólicos y glucosamina, limpiado con glifosatos y regado con donaciones mineras y evasiones impositivas bancarias! ¡Honra sin par a las paredes laberínticas que separen a los gestionantes de los gestionados! ¡Que viva la Santa Federación! ¡Que mueran los salvajes unita…
-¡Noooo! ¡Pará con las estupideces! ¿Qué te fumaste? Se habla de la Reforma, de la Educación, de la Investigación, del gobierno de las Universidades. ¿No te acordás? “Hombres de una República libre, etc., etc.?” Deodoro Roca, Julio V, González, Homero Manzi, Gregorio Klimovsky, Manuel Sadosky, Santiago Pampillón, Ernesto Sábato… Además, ¿Qué tiene que ver esto con las evasiones impositivas?
-El Banco dona; las donaciones se deducen de impuestos. Si hacen una fuente por diez y facturan por cien, evaden noventa. ¿Está claro?
-¿Y los otros “padrinos”? ¿Y qué hacen con la guita que lavan?
-Calculá.
-¿Pero de qué me están hablando? ¡Insensatos!  Vos tenés que seguir los lineamientos que nos pontifican la UNL y la FICH, instituciones regidas por la férula de señeros, preclaros y paradigmáticos prohombres.
-¿Te referís a qué, si se puede saber? ¿A nuestra casa de altos estudios? ¿A nuestra unidad académica? Enterate de que nuestros funcionarios, desde la madre del Rector hasta el subsecretario del último secretario de cada Facultad y Escuela van a sus trabajos en el proletario transporte público, en bicicleta o caminando en lugar de venir en sus contaminantes y casi todos nuevos automóviles. Deberías informarte que donan gran parte de sus magros haberes a la Fundación Felices los Chocleros del Partido de la Costa. Convendría que te anoticiaras que el Pino Solanas propuso agrandar la red ferroviaria urbana. Tres Trencitos de la Alegría con Hulk y el Hombre Araña y amenizados con regatón irán y vendrán sin parar desde Sauce Viejo hasta Recreo, pasando por la Ciudad Universitaria, gratis para personal y estudiantes. Has de saber que la transparencia, la limpieza, la…
-¡Noooo! ¡Pará vos ahora! Hablo de la UNL, Un Negocio Lucrativo, Sociedad Benéfica sin Fines de Lucro, y de la FICH, Fundación para el Incremento de  Ciertos Haberes, también sin fines de lucro.
-Eso es ofensivo. Deberías cuidar tus palabras. Acá las paredes oyen, los caños amarillos transmiten, los aires acondicionados y los calefactores hablan, todos repiten.
-¿Sabés que en la época de don Arturo Illia los titulares exclusivos tenían el mismo sueldo que un juez federal? ¿Y que los sueldos estaban “atados”?
-No lo sabía. ¡Qué manera de perder! Se ve que era otro país. Otro universo.
-Che, en el transparente dice Liquido a Primera Oferta Razonable, Torino 380W GR, motor Tornado original, para coleccionista. Papeles al día, modelo 74, como 0 km., nunca taxi. Tratar en el tercer piso. ¿Será el de…?
-…”
Esos murmullos, creados por muchas voces inidentificables, y otros que no pude descifrar, iban y venían tambaleando entre las paredes y rebotando entre piso y techo, casi corpóreos. Formaban una especie de serpiente gigantesca pero no se distinguía claramente dónde estaba la cabeza y dónde la cola. Algunos tramos eran de una cualidad oscura, amarga, tóxica. Otros, muy pocos, eran más claros, casi cristalinos, musicalmente vibrantes.
De pronto pude ver cómo algunas porciones de esa especie de ectoplasma se solidificaban, tomaban entidad y formas reconocibles. Eran letras agrupadas, formando unas palabras:
“Cuando el río suena, agua trae”.
Y así se veían surgir otras frases, que se diluían en esa gelatina viscosa apenas aparecían:
“No existe mejor estrategia contra un rumor verdadero que inventar otro falso que pretenda confirmarlo.”
“El murmurador hace surgir el rumor, el idiota lo hace correr y el ignorante se lo cree sin más.”
“El rumor es como un cheque: no hay que darlo por bueno hasta que no se compruebe que tiene fondo.”
“La verdad se difunde a paso de tortuga, el rumor se esparce con la velocidad de una liebre.”
Había surgido, una vez más, el Rumor.

3 – Recorría los pasillos.


Ese monstruo recorría los pasillos.
Tenía una historia conocida.
Hizo viajar por los años y descender al infierno a un montón de gente buscando el mismo milagro al que cada uno daba un nombre distinto: el oro rojo de las momias del Cuzco, las montañas de plata maciza, el extenso y perfumado País de la Canela, la selva lujuriosa del Amazonas, la ciudad de Cíbola que buscó entre la árida luz del desierto Cabeza de Vaca, la ciudad de los Siete Césares, cuya muralla inexistente consumió la existencia de muchos, la Ciudad de las Perlas, que era un cielo en la tierra y un infierno en el agua, el País de las Tumbas de Oro, la fuente de la eterna juventud de la Isla Florida, la Ciudad de las Esmeraldas que Ursúa intentó edificar bajo una verde sombra de mariposas, y la siempre buscada y siempre escondida ciudad de Eldorado y hasta la Atlántida misma, pavimentada y con muros de oricalco en su tumba de agua y fuego. Todo formaba parte del mismo artero prodigio: el Rumor.
También ridiculizó gente y situaciones, haciendo más difusa aún la delgada línea que separa a lo gracioso de lo grotesco. Sembró baratos infundios para que se tomaran como verdades de a puño. Enriqueció a pobres y empobreció a ricos. Transformó en infieles a probos hombres de familia, y a sus mujeres también. Hizo que varones bestiales con mucha testosterona se transformen en muy modosos y delicados caballeros, que prístinos líderes sean agentes de alguna central de inteligencia, y que indiscutibles borregos sean los monjes grises de pérfidas conspiraciones.
Fue muy usado, muy pocas veces con nobles propósitos y generalmente con oscuras intenciones. Se manejaron con él ejércitos, pueblos, organismos, corporaciones.
A veces huele como el fétido y ponzoñoso aliento de un dragón de Komodo con pésima digestión y mal carácter. Otras veces tiene un hálito delicioso, parecido a un campo de lavandas rodeado de tilos en flor y durazneros en sazón, o como el salón de una panadería a leña, de pueblo, una madrugada de primavera.
Pasa que, queridos amigos, parientes y vecinos, el Rumor es, en realidad y simplemente, una de las caras de la palabra. Y sabemos que las palabras, al igual que las armas, no son en sí buenas o malas, útiles o malignas. Quien es bueno o malo, útil o maligno, es quien las maneja.
Muchas enciclopedias se han escrito sobre el rumor. Y, con el riesgo de ser redundante, juraría – y ahora atentos, mis amigos, parientes y vecinos – que hasta hay rumores sobre los rumores.

4 – Sushi para dos.


            Hacía ya bastante que en la Universidad habíamos cobrado nuestros sueldos. Tres horas, exactamente. Cuando llegué a casa estaba esperándome Tomate Cherry. Estaba seria, no lucía su sonrisa normal.
            Con mi habitual bonhomía, buen humor y don de gentes, le ladré con dulzura:
            -Che, ¿no hay unos mates?
            -¡Sí! ¡Me merezco unos mates! – me contestó con la mirada llameante, el gesto crispado y los nervios a flor de piel - ¡Bien harías de prepararme algunos! Me fui a las siete y media de la mañana, llegué a las seis de la tarde, y ¿qué me encuentro? ¡La casa es un despelote! ¡Los platos sucios del mediodía! ¡Se dejaron la ropa en el lavarropas, sin tender, y decime ahora qué viento la plancha! El piso lleno de pegotes. Los zapatos tirados por todos lados. Todas las puertas cerradas, ¿qué es esto? ¿¡Una cripta!? ¡Hay que ventilar! ¡Esto huele como la cueva de un tapir en celo! ¡Cuándo carajos se van a dar cuenta de que en esta casa lo único autolimpiante son los gatos? Y encima en la escuela tuve un trabajo de locos. Llenando planillas que se le antojaron a la cretina de la Directora, atajando pibes en los patios durante los recreos, están todos apestados, te tosen en la cara y encima andan con piojos, no pueden aprender ni a dibujar lo “o” con el tujes, y encima cobro en el último turno. No sé. No entiendo para qué nos bancarizaron si nos siguen pagando en turnos. ¿Qué hacen con nuestros dineros?
            -Florcita mía, pétalo de mi corazón – dije mientras con disimulo y muchísimo esfuerzo trataba de guardar mis zapatos en la mesita de luz – lo tuyo no es una vocación. Es un apostolado.
            -¡Qué vocación ni qué apostolado ni qué la paska! (Tomate Cherry tiene todavía algunos ratos libres, así que hace Pilate y estudia idiomas mientras pasea en bicicleta fija. Paska es “mierda” en finlandés). Estos ineptos han logrado destruir casi todas las vocaciones (creo que a esta altura no necesito aclarar que Tomate Cherry es profesora de enseñanza especial, para lo que es necesario no solamente la vocación a la docencia sino también a la santidad) y sabelo, no es un apostolado. ¡Es un trabajo! ¡Como el tuyo!
            -Sí, es un trabajo, y te pagan más que a mí.
            -Eso, mi pequeño tonto, no es culpa mía. Es culpa de ustedes.
            -…
            -¡Y ahora, encima, tengo que pensar en la cena! Yo me las arreglo con algunos tomates Cherry, pero ustedes tres morfan como Heliogábalos. Ponete a cocinar, colaborá con algo, mové un poco ese gordo tujes.
            -Mi petalito, acabo de cobrar. ¿Aceptás una invitación a comer afuera?
            -No, no y no. Ustedes son muy descuidados, se les caen cosas en el patio y después no hay quién saque las manchas. Es mosaico calcáreo, no granítico.
            -¡Pero no, dulce mío! Afuera afuera. Un restaurante. Comida hecha, servilletas de tela, alguien que te atiende.
            Tomate Cherry dudaba y al fin, cedió.
            -Bueno, dale. Pero nada de asado, ni milanesas con puré, ni pizza. Eso lo hacemos mejor en casa. Y que valga la pena, teniendo en cuenta que descalabrás el presupuesto de todo el mes.
            Y ahí fuimos. Marche sushi para dos, sin papas fritas.

5 – La mesa de al lado.

            Acabábamos de sentarnos en el restaurant de sushi – lo primero que hice fue pedir que me saquen los malditos palitos chinos, para mí es más difícil manejarlos que matar una vaca a pellizcones – cuando vi que a la mesa vecina estaba sentado mi vecino, casado y con hijos, acompañado de una señorita de aspecto felino, bastante menor que él. Hermosa ella, decorada a la última moda  y aparentemente muy pizpireta. Consabido cabezazo, que me fue correspondido gentilmente y sin mucho entusiasmo.
            -¿Qué te parece? – le murmuré a Tomate Cherry, que peleaba con la carta mientras miraba el vino con interés. Le encanta el buen malbec.
            -¿Qué me parece, qué?
            -El Croqueta de Talco, el vecino del caserón de al lado de casa.
            -Qué se yo. A los vecinos, poca bola.
            -No, escuchame. Está sentado acá al lado, con un minón que para qué te cuento. Claro, con la mujer que tiene pareciera que se buscó alguna alegría… ¡Cuando se lo cuente al vecino de arriba!
            Mi Tomatito levantó la vista de la carta, declarándola indescifrable, levantó la mano para saludar a Croqueta y le envió una gran sonrisa a la señorita, saludándola con la mano.
            -No me digas que la conocés. ¿De dónde, si puede saberse?
            Y mi Tomatito me miró con algo de pena y bastante de asco.
            -Es Pera de Mar, la sobrina de Croqueta. Es Profesora de Enseñanza Especial, como yo, e hizo la Maestría en Gestión Educativa, también como yo. Pero la hizo en dos, no en tres años. Rindió materias libres, la pibita es brillante. Además se doctoró en Filosofía. Y además es simpática (inmediatamente pensé: Inteligente, simpática, hermosa. No tiene perdón).
            Y mientras saludaba con las manos también a la señora de Croqueta de Talco y a sus hijos, que estaban entrando al restaurante, Tomate Cherry me dijo por un costado de la boca:
            -¿Se puede saber qué pensaste? Pera de Mar es huérfana, hoy cumple años y seguro está festejando con la única familia que tiene. Ya vamos a tener una charlita, vos y yo – dijo, levantándose a saludar con cariño y alegría a Pera de Mar la Huerfanita mientras yo me ahogaba en un océano de vergüenza y rubor y trataba de esconderme detrás del tenedor que me había alcanzado, con obvio desprecio, el mozo.

6 – El equívoco color del wasabi.

            Volvió Tomate Cherry a la mesa y llegó junto con el mozo, que acarreaba una bandeja con dos platos primorosamente decorados con lo que resultó ser el famoso sushi. Yo tenía un hambre voraz, así que si me ofrecían uñas de perro en escabeche juro que si había bastante pan me las comía. Tomatito es bastante más selectiva.
            -Así que esto es el tan mentado sushi. ¿Qué tiene? – me preguntó con cara de sospecha.
            -Esta cosa negro verdosa es una especie de alga. Esto rosado es salmón. Esto blanco es arroz koshihikari, y esto del centro son vegetales encurtidos, algo como pickles. Y esta bolita verde me parece que es palta.
            -¿Salmón? Me parece que no está bien cocido. Y eso no es palta. Es wasabi.
            -El salmón está crudo, mi pétalo. Así tiene que estar. Y eso no es wasabi (por supuesto, yo no tenía la más pálida idea de lo que era el wasabi). Te aseguro que es palta. El tan querido y suave aguacate.
            -¿Pescado crudo? ¿A quién se le ocurre, en este país que flota en salmonellas? Pueden darte vieja del agua en vez de salmón y vos no te darías cuenta. Además esto en vez de una porción de comida parece una dosis homeopática. Llamalo al mozo, por favor. Y comete esta porquería vos si querés, a mí me pedís un carlito (así, sin “s”, como debe pronunciarse) especial. Y disfrutá de la palta.
            Me encanta la palta, así que le puse una pizca de sal a las bolitas verdes, me la llevé a la boca y las mastiqué. Me enteré de primera mano de lo que era el wasabi, y ese fue el fin de mi cena y el principio de un gran disgusto.
            Se me cortó la respiración, comencé a llorar y a moquear, y la camisa se me empapó inmediatamente de transpiración. Creí morir. Quería morir. No sufrir más esa quemazón insoportable en todas mis vísceras.
            Mi Tomatito comió su medio carlito con deleite – un carlito entero es muy grande para ella – y me miraba con sorna mientras yo jugaba con el tenedor e intentaba recuperar la respiración.
            -Esto te pasa por potz (otro de los idiomas que está tanteando Tomate Cherry es el idisch; “potz” significa “pene” y también “pelotudo” en idisch). Si yo te digo que es carnaval, apretá el pomo con confianza, mi amado. A vos te dan wasabi, te digo que es wasabi, está escrito que es wasabi y te creés que es palta. Vos siempre comprás carne podrida a cualquiera – me consoló mi Tomatito – pero ahora es más y es peor. En este caso te compraste la carne podrida vos mismo, a sordas y a ciegas.
            -Pero parecía palta – gimoteé – y era una bolita de infierno. ¿Por qué no te dicen de qué se trata?
            -Te dicen. Leé la carta.
            En la carta decía claramente, con todas las letras, “wasabi”. Y con una llamada te mandaban a una especie de pie de página muy coqueto, donde te explicaban qué era.
            Pensá –insistió Tomatito – que acá nadie te ocultó nada. Todos te explicaron en todo momento de qué se trataba. Primero: si no fuera porque no nos fuimos antes, vos hubieras jurado que Croqueta de Talco engañaba a su mujer. Y seguro se lo habrías dicho al vecino de arriba, porque bien chismoso que sos. ¿Y para qué? Hubieras desatado un cuento que en el peor de los casos hubiese terminado con la familia del pobre tipo al  que ni siquiera le tenés bronca. Y eso, mi querido Piolín, es crearte un poder que no tenés con el fin de ejercerlo como no debés. En vez de comprar, estarías vendiendo carne podrida.
-Pero…
-Qué pero ni qué nada. Algo parecido te pasó con tu wasabi. Tenías todas las fuentes de información abiertas, y hasta yo te informé. Sabías cuál era la posta, pero preferiste suponer que el wasabi era palta. Así te fue.
-Pero no siempre es así, vida mía. En el caso del “tornado” de Santa Fe me preocupé por saber la fuente de la información, quise saber toda la verdad, quise evitar la carne podrida.
-A medias, mi pequeño potz. A ver si te das cuenta de una buena vez. Un rumor se analiza como si fuese un crimen. Motivo, arma, oportunidad. Y, sobre todo, quién se beneficia. Fíjate tú (Tomatito a veces se acuerda de las letras de los boleros cuando discutimos). ¿Quién sabe o debería saber, más sobre tornados que nadie en Santa Fe y alrededores?
-Qué se yo. La gente de la Facultad, supongo.
-¿Le consultaron a esa gente?
-Yo sí. Calculo que las autoridades también.
-Seguro. En un diario decía “los especialistas dijeron que no estaban dadas las condiciones para un tornado, etcétera, etcétera”. Alguien les preguntó. Y sin embargo los rajaron a todos como rata por tirante. ¿Sí?
-Sí. Si el tornado hubiese sido cierto, hubiera habido una hecatombe.
-Supongo que todos ustedes, ingenieros, doctores y estudiantes de ciencias duras, habrán visto alguna vez el Discovery, o han visto Twister, o por lo menos han hojeado el “Muy Interesante” o el “National Geographic”, y sabrán que un tornado es una de las expresiones más puras del caos, y que hasta ahora es impredecible. Y sin embargo, obediencia debida, agacharon la cabeza, abandonaron uno de los lugares más seguros de la ciudad y fueron a que los degüelle alguna chapa voladora. Las autoridades de ustedes habrán hecho lo mismo, y así todos han dejado todas las oficinas y aulas vacías, obedeciendo una orden emanada, supongo, del más alto nivel de la ciudad, o de la universidad, o de defensa civil, qué se yo. Para vaciar todo debe haber sido alguien muy importante el que dio la orden, y no un periodista de cuarta. Un periodista de cuarta no es “alguien”, sino el muñeco de alguien. ¿Tá?
-Tá. Pero no veo dónde querés llegar.
-A que, pese a todo, terminaste comprando la carne podrida porque dejaste el asunto ahí nomás. Tenemos el arma y la oportunidad – de paso, flor de calibre encontraron, nada menos que un tornado – y nos falta el motivo y el beneficiario.
-Estás hilando demasiado fino y te estás pasando. En base a un rumor, de acuerdo, exagerado, estás queriendo generar otro rumor. No creo que haya habido malas intenciones.
Ahí Tomatito me miró con mucha pena.
-Me cansaste. Pagá y vámonos, esto ya es una conversación de ciegos y sordomudos. No estoy queriendo generar otro rumor. ¿Acaso no te das cuenta de que estoy tratando de encontrar el origen? ¿Quién se beneficia?
-Iluminame y no te enojes. Vos sabés que soy del campo. Me gusta el olor de la tierra gorda y mojada y de la bosta de caballo y despertarme con el canto de los zorzales.
-A mí no te me hagas el bucólico y pastoril. Hace ya bastante que saliste de la chacra como para darte cuenta de algunas cosas. ¿Me harías el favor de mirar las cosas un poquito en su contexto? ¿Dónde se produciría el supuesto tornado?
-Acá, en la patricia capital administrativa de la provincia, Santa Fe de la Verdadera Cruz.
-Por lo que dijiste no estás mal encaminado. ¿Qué mejor que un tornado podría vaciar todas las oficinas y aulas de una ciudad burocrática, donde estarían todas las pruebas de la supuesta corrupción de la policía, desde el Gran Bonete hasta el cabo escribiente? ¿Y de un gobierno sospechado de complicidad con los canas y los malandras con certificado de origen en el tráfico de drogas, personas, influencias y mercadería robada por los piratas del asfalto? ¿Y que no puede ver las avionetas carretillas de merca aterrizando en las pistas que hasta yo puedo ver en el Google Earth?
-Pero entonces el que largó la noticia está hasta las manos en este estofado que se armaron…
-¿Y a vos qué te parece? Estoy segura de que esta evacuación de todas las oficinas y escuelas de la ciudad fue planeada para que solamente una o unas pocas oficinas se vacíen. Y apostaría algo valioso que en esas oficinas algunos papeles, algunas grabaciones y algunas películas desaparecieron. El tornado se los llevó. Y que por supuesto todos los que gritaban “¡El tornado! ¡El tornado!” sabían perfectamente que no pasaba nada, pero por las dudas preguntaron a los que sabían: ustedes, en la Facultad. Que igual salieron corriendo. Cómplices involuntarios, o no, y partícipes necesarios del engaño y del quilombo que surgió de un rumor que nació grande. Y nada se fue de las manos de nadie. Lo que pasó fue lo que se esperaba que pase: el bosque no dejó que se viera el árbol. O si lo entendés mejor, Piolincito de mi corazón, andá sabiendo que el mejor lugar posible para esconder una jirafa es en medio de una manada de jirafas. O mejor todavía: todos se tragaron el wasabi.

7 – El sabor del wasabi.

            Y entonces, queridos amigos, colegas y vecinos, el campesino que suscribe y Tomate Cherry volvimos a casa. Me clavé una palangana de antiácido y, una vez más, quedé mirando el techo desde la cama mientras escuchaba el chistar de alguna solitaria lechuza y me daba vueltas por la cabeza lo que en alguna otra oportunidad me preguntó mi Tomatito: “¿Qué sabe el chancho de aviones si nunca miró p’arriba?”
Y llegué a la conclusión triste de que si el chancho era yo, nunca nadie me impidió mirar para arriba. Si no lo hice fue por comodidad, o por soberbia, o por creer que ya nada podría sorprenderme en este valle de lágrimas. O peor, que no había nada por encima de mí. Y que si son capaces de vendernos un buzón tan grande que aceptamos sin chistar los mendrugos que nos tiran desde la Secretaría de Políticas Universitarias y el Consejo Interuniversitario Nacional, el holding de patrones de las universidades análogo a la Sociedad Rural, entonces quizá nos merezcamos que nos metan un tornado por el tujes y que nos regalen algunos espejitos de colores a cambio de nuestro trabajo y nuestra materia gris, que es lo único que tenemos para ofrecer. A fuerza de insistir, nos van a convencer de eso: valemos lo que los espejitos de colores.
Perdón por la digresión. Sucede que a mí, el campesino Piolín de Chorizo, que realmente disfruto del olor a tierra rica y húmeda y de su textura al desgranarse entre los dedos, que me gratifico con la melodía de los zorzales ciudadanos (que quedan, y muchos; he escuchado su armonioso silbido en el centro de grandes ciudades como Rosario, Santa Fe y Córdoba) temprano a las mañanas y que agradezco el tener buenos amigos, y muchos, y que disfruto de los buenos libros y de la buena música, y que gracias a los esfuerzos de mis padres pude acceder a una educación que aún considero superior, y que gracias a la insistencia, la paciencia y el amor de Tomate Cherry pude lograr un doctorado para seguir en la carrera que nos impuso el sistema – y estoy seguro de que casi todos ustedes, mis amigos y colegas, han seguido un camino semejante al mío – decía para retomar, veo que a mí me está pareciendo que toda nuestra historia de luchas y logros, personales y gremiales, que todo el esfuerzo que hemos puesto y estamos poniendo en pos de la generación y transmisión de saberes se está malogrando. Nosotros nos estamos malogrando. Y no es una crisis existencialista a estas alturas de mi vida: es la impresión (convénzame, por favor, de que estoy equivocado), desgraciada y maligna, de que nos están clavando el wasabi de a contenedores completos, por vía oral, anal y endovenosa  y de que ni nos mienten que es palta, ni nos dan bicarbonato, y ni tan siquiera nos dicen que nos tienen en cierta estima. Y nos van a seguir pasando por encima siempre, o por lo menos hasta que todos tomemos conciencia de que dentro del sistema, tal como está planteado, somos simplemente una rueda más del engranaje. Estricta y naturalmente, somos trabajadores que deberíamos vender nuestros servicios, nuestros conocimientos, nuestra experiencia y nuestra fuerza de trabajo al mayor valor posible en una economía declaradamente capitalista y marginada, y por una cuestión de falsa soberbia y de no querer bajarnos de un pedestal con pies de barro al cual nos han hecho creer que estamos subidos, agachamos la cabeza con supuesta dignidad. Somos como ese borracho que, pudiendo apenas tenerse en pie, pide permiso para levantarse de la mesa para orinar y se va, tambaleando con orgullo y con la cabeza levantada, a mojar toda la ropa del armario que tiene una puerta parecida a la del baño. O como ese gato que se cae dormido de la silla y se levanta, con la cola erguida y el porte airoso, y te mira con desprecio. A los trabajadores que luchan, aunque no siempre ganen, quizá le demos vergüenza ajena. Somos los gatos que se caen de las sillas.
Pero después de esta digresión, mis amigos, colegas, parientes y vecinos, volvamos al rumor que tanto preocupa a este campesino “deschacrado”. Al rumor, esa serpiente de muchas cabezas, o ninguna identificable, que generalmente huele mal, y que es usada – entre otras cosas – para crear un poder que no se tiene para ejercerlo como no se debe.
Pero no es la única caracterización del rumor.
En esta Facultad, en la cual estamos involucrados laboralmente, a diario nos enfrentamos ante una situación comunicativa que se da a través de la circulación categorizada del rumor, es decir, el rumor del otro por el otro circula en todas las direcciones y en todos los ámbitos convirtiéndose en el principal canal de comunicación.
En consecuencia las relaciones se ven afectadas debido a los diferentes discursos, los comentarios de pasillo, los decires de los diferentes actores, la falta de consenso,  las alianzas, los desacuerdos, lo no dicho explícita e implícitamente, la desvalorización del otro, de su función y de su trabajo y, en definitiva, la no aceptación del disenso, paradójicamente dentro de una institución supuestamente democrática que debería mejorar con el disenso correcta y orgánicamente sustentado y no con los consensos artificiales o simplemente electorales.
El funcionamiento de una organización, mis queridos amigos, depende de manera muy importante de la comunicación. Ésta consiste en el intercambio de mensajes entre los actores que forman parte de ella. Desde el punto de vista técnico se entiende por comunicación el hecho de que un mensaje es trasmitido en un tiempo y un espacio específico. Pero es necesario comprender que los procesos de comunicación van más allá de una transmisión lineal o de retroalimentación que garantiza la eficacia del sistema. En su ensayo “Estructura Organizacional”, Richard Hall intenta representar una estructura compleja de relaciones causada por momentos que es viable diferenciar: momentos de producción, circulación, distribución, consumo y reproducción. En cada uno de estos momentos hay un proceso de producción de significados, pero ninguno garantiza de por sí la producción de significados en el siguiente.
            Pensar la comunicación como producción social de sentidos permite ampliar la mirada hacia el terreno de la cultura, donde los sujetos individuales o colectivos interpelan o se ven interpelados en la puja constante por la significación de la experiencia, de la vida y del mundo.
            Comunicar puertas adentro refiere al desarrollo de un ambiente de sinceridad, de escucha y de circulación de la información. La comunicación interna sirve a que la misión y la historia de la organización sean compartidas por todos.
Y así podemos distinguir dos tipos de comunicación: la formal y la informal.
La comunicación formal es la que se da a través de canales establecidos y conocidos por los miembros de la organización, mediante los cuales se transmiten mensajes y se hace circular la información.
            Si se produce la falta de comunicación formal, es decir, si se carece de conductos conocidos y reconocidos por todos los miembros de la organización a través de los cuales hacer llegar los mensajes de un lugar a otro, se incrementa la comunicación informal. Los mensajes se trasmiten de persona a persona, sin responder a ningún criterio de estructura organizativa, poder, autoridad, actividad, se originan núcleos ficticios de poder allí donde se concentra o se genera más cantidad de información, la cual no está legitimada institucionalmente.
            El rumor constituye uno de los aspectos fundamentales de la comunicación informal en las organizaciones, tanto por su significación como por sus consecuencias. En la transmisión de este tipo de mensajes el tema general suele ser mantenido, no así los detalles, ya que, como buenos chismosos que somos, cada uno de nosotros elige particularidades que se ajustan a nuestros propios intereses o percepción de la realidad.
           Como el rumor suele ser incorrecto y puede extenderse de forma devastadora por toda la organización, debemos enfrentarlo con firmeza y consistentemente pero sabiendo cómo y qué atacar.
 Debemos considerar que el rumor nace de las personas que tienen voz, se desarrolla en un ambiente en el que la información es insuficiente, está oculta o es manipulada; constituye un escape con el que se pretende edificar la realidad deseada, pero no convence ni persuade, no cambia nada, solo seduce y crece.
Y así podríamos, mis estimados, elaborar una matriz FODA (Fortalezas – Oportunidades – Debilidades – Amenazas) para caracterizar a todos y cada uno de los rumores que circulan en nuestros pasillos.
Escucharlos atentamente, no propagarlos, analizarlos, descubrir sus fuentes, revelar a quién beneficia.
Si el rumor funciona a modo de catarsis, de escape ante las frustraciones cotidianas propias de la profesión y de esta institución la amenaza a no muy largo plazo será el estancamiento, la ruptura, la falta de profesionalismo. Quizá ya esté pasando.
Será importante que empecemos a instituir espacios formales en los cuales puedan empezar a aparecer las certezas como pilares y bases que fortalezcan los vínculos humanos y laborales. Es, a mi humilde entender, quizá uno de los fundamentos implícitos de la existencia del GRD.
Entonces, mis queridos chichipíos, socios vitalicios del club de los últimos orejones del tarro, a la palta, palta, y al wasabi, wasabi. Sepamos qué quieren que traguemos, tengamos claro qué queremos tragar, leamos la letra chica de los menús y no nos desvelemos mirando el techo para aprender sobre los aviones.
Aprendamos a exigir lo que nos corresponde. Es un camino difícil, ya que no estamos acostumbrados a hacernos valer y suponemos que nuestros amos reconocerán nuestros esfuerzos y nos recompensarán por ello porque son buenos y justos.
Y si esto es hacer política, me remito a Bertolt Brecht. No podré citarlo textualmente, así que los puristas sabrán disculparme. A esta edad, una de las cosas que me falla, a veces, es la memoria. Decía Brecht:
“El peor analfabeto es el analfabeto político. Él no oye, no habla ni participa en los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, de la carne, del pan, del alquiler, de los remedios y de sus zapatos dependen de las decisiones políticas. El analfabeto político es tan animal que se enorgullece e hincha el pecho al decir que odia la política. No sabe el imbécil que de su ignorancia política proviene el asaltador callejero, la prostituta, los niños abandonados, y el peor de los bandidos, que es el político aprovechador, embaucador y corrupto, esclavo de las grandes empresas nacionales y multinacionales. 
También el texto atribuido al mismo Bertolt Brecht (pero realmente del pastor alemán Martin Niemöller (1892–1984) como parte de un sermón dado por él en la Semana Santa de 1946, dice algo así como: “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a buscar a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.
¿Estarán viniendo por nosotros, los docentes de las universidades?
Gracias y buenas noches. Miren para arriba y duerman bien. 

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