Mis muy queridos amigos, vecinos,
colegas y amigos, socios vitalicios del club de los últimos orejones del tarro,
chichipíos a perpetuidad y papamoscas sin remedio, hola a todos. Me encanta
reencontrarme con ustedes, después de una larga pausa. Como diría el Nano
Serrat, no es que me olvidé, sino que perdí el camino de regreso.
Pero… les estoy mintiendo. No
perdí ningún camino. Pasé a formar parte del grupo de los hombres perplejos, y
no sabía bien cómo encarar este tema tan espinoso de las próximas elecciones en
nuestra facultad.
Ustedes recordarán la última
reunión pública convocada por el G.R.D., a la que no asistió el Dr. Pedraza y a
la que sí asistió el Ing. Loyarte.
Dicen en los pasillos que el Dr.
Pedraza no asistió porque no quería confrontar. Estaba de acuerdo con todos
nosotros: nadie quería confrontar. Queríamos saber.
Salí de la reunión y me iba
despacito, como pateando sapos, yendo hacia el oeste por el Boulevard Gálvez,
cuando pasé por donde estaba el Cine Esperancino. Como habitante del barrio Candioti
cuando todavía pescábamos bagres en el Arroyo Caseros, antes de que lo
entubaran, recordé las funciones matinales de los domingos en el cine. Eran
funciones maravillosas, donde pasaban tres películas cortas, y el beneficio era
para la cooperadora de la Escuela Moreno.
Me cansé de ver al Llanero
Solitario, a Lassie, los dibujos animados del Pato Donald en blanco y negro y,
si teníamos suerte, algo de Drácula, con Bela Lugosi, o del monstruo del Dr.
Frankenstein, con Boris Karloff, o de La Momia (me parece que con Karloff
también). Los más pequeños sentíamos un estremecimiento magnífico, delicioso, a
la espera de alguna trastada de esta gente acompañada de algún escupitajo que
venía de la platea alta, donde se acomodaban los chicos más grandes. Simplemente
maravilloso.
Eran películas muy cortas, y
había dos funciones. Nuestro sueño era ir a la primera función, escondernos en
los baños o detrás de alguna cortina, y ver también la segunda. Por supuesto,
el que cortaba los tickets y vendedor de golosinas (que repetía incansablemente
“caramé, chupetí, bombón helá”) jamás nos dejó pasar una; era un cancerbero
implacable. Una sola vez logré engañarlo escondiéndome en el baño de mujeres de
la planta alta, y estuve temblando toda la segunda función por el temor de ser
descubierto.
También me llevé una gran
desilusión: las películas eran las mismas que en la primera función.
Algo me picoteó la neurona que me
queda. Y se me ocurrió relacionar lo que venía pensando con las mencionadas
elecciones en nuestra facultad. Me parecieron una película que vi un montón de
veces, pero que en la última función tiene una vuelta de tuerca bastante
llamativa que me hizo pensar, cosa que me desagrada bastante y suele ponerme de
mal humor.
Más aún: es una película que vi
no solamente varias veces, sino de al menos dos maneras distintas.
Veamos la primera forma: la
gestión instalada a perpetuidad, con rotaciones cada ocho años. A este
respecto, no hagamos caso de la teoría, que dice que la rotación es cada cuatro
años. La práctica y la experiencia nos dice que la ingeniería electoral se
administra de manera tal inevitablemente se produce la reelección y lo único
que rota es la cabeza, que se desplaza a un nivel más elevado de la gestión. El
resto de la misma sueña jubilarse con el sueldo de secretario o administrativo
de alto nivel.
La misma película.
¿Cuál es la variante inaugurada
este año? La del “golpe palaciego”, como casi siempre se resuelven los
problemas empresariales en ese nivel. Aparece el Ing. Loyarte, con su corte informática,
subvertida, que puede llegar a pretender tres cosas:
a)
comenzar otro lobby en desmedro del
lobby que rige nuestros destinos desde hace veinticuatro años, o
b)
esperar una oferta que no pueda rechazar
y reincorporarse a la corte que aparentemente abandonó, o
c)
establecer un gobierno democrático,
pluralista, de puertas abiertas y con propuestas superadoras en serio.
Por otro lado está el delfín de
la gestión reinante, el Dr. Pedraza, cuya aspiración es continuar haciendo las
cosas que están bien y modificar las que no. Claro, las que están bien de
acuerdo con la gestión. Y claro de nuevo, nada parece estar mal (¿dónde está su
propuesta?).
A esta parte de la película la
analicé también con cierto trasfondo histórico, y ahí obtuve un chisporroteo
neuronal que me “perplejizó” más, si fuera posible. En mi película, a nuestro
Decano lo vi como ejerciendo una especie de menemato, manejando todo con
ucases, y al Dr. Pedraza lo vi como una especie de Lole Reutemann. Hagan todos
los paralelismos que se les ocurran.
Quiero que me refuten, y que los
dos candidatos (hasta ahora) me demuestren que su opción es la c). Necesito que
me enamoren, que me seduzcan, que me ganen públicamente con propuestas
creíbles, lógicas, posibles.
Y que no me dejen abandonado como
a una costurerita que dio un mal paso. Recordemos el camino de regreso.
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