Primera parte: Un churqui en el
arenal.
(por Piolín
de Chorizo, docente de la FICH, sin licencia para matar)
Iba
conduciendo mi Renault Dauphin hacia la Facultad cuando, esquivando uno de los
corralitos de Aguas y frenando ante un semáforo, me abordó un desconocido por
la ventanilla.
-Perdón,
caballero. ¿Usted fuma?
-Sí,
claro – contesté mientras dejaba caer la ceniza de mi cigarrillo por la ventanilla
(justo a la altura de la hebilla del cinturón del tipo).
-¿Sabe
usted el daño que acarrea a su organismo, al medio ambiente y a la sociedad?
-Sí,
tengo una idea – se me ocurrió decirle, poniendo mi mejor cara de fumador
ignorante.
-Entonces,
¿por qué lo hace?
Con
el rabillo del ojo vi que el semáforo se puso en su breve amarillo antes de
saltar al verde.
-Porque
me gusta – y aceleré, dejando detrás de mí una nube de humo azul con olor a
motor fundido, negro con olor a nafta por la mala combustión y blanco, con olor
a locomotora del siglo XIX, por el vapor del agua que pasaba del sistema de
refrigeración a los pobres y gastados cilindros del Dauphin. Lo cierto es que
el humo de mi cigarrillo pasó bastante desapercibido al lado de toda la porquería
que generó mi autito, más la del ómnibus que circulaba a mi lado, más la bazofia
con ruido agregado del ciclomotor que andaba viboreando por el tránsito de la
avenida. No tuve en cuenta la fumarola que generaba el grupo electrógeno de
Aguas, al lado de otro corralito un poco más adelante, al lado de un martillo
neumático no del todo silencioso que amenizaba la reunión de los dieciocho
empleados de ese organismo que observaban críticamente el trabajo del operario
ocupado.
Me
acerqué al Puente Colgante y me sorprendió ver que una mano – solamente una –
estaba cortada. Por suerte, era la mano que venía desde el este, así que pude
avanzar sin problemas. Me detuve y pregunté al inspector municipal que miraba
todo con cara de aburrido el porqué del corte.
-Para
que pasen las bicicletas sin problemas – aclaró, mientras ponía cara de
“deberías saberlo”. – En un ratito invertimos el corte. Circule, por favor.
-¿Cuántas
bicicletas pasaron?
-Dos
en la última hora.
Arranqué,
mientras me preguntaba si el número que me había dado el inspector era cierto o
si solamente sabía contar hasta dos. Me detuve en el claro que hay después de
la rotonda a ver qué pasaba. No pasaba nada. Había un ciclista (no era el
ciclista que uno esperaría con tanta seguridad y salud dando vueltas, con
casco, calzado ajustado, banderín, luz y timbre de advertencia y espejo retrovisor)
muy bronceado por el sol – estaba desnudo de la cintura para arriba y en ojotas
– y un carrito muy cargado de cartones y papeles, esperando pacientemente el
cambio de sentido mientras bromeaba amablemente con el inspector. Nadie más.
Debe ser la hora, se me ocurrió pensar. Ya las clases empezaron, y falta como
media hora para que empiece otro turno, los estudiantes con bicicleta o ya
pasaron o todavía están por pasar. Seguramente.
Mientras
esquivaba un joven que, con un espejo sujeto a un palo de escoba, intentaba ver
si contrabandeaba sal de mesa pegada al chasis del Dauphin, insultaba a otro
que con un perro entrenado me husmeaba buscando azúcares o harinas y trataba de
pasar por encima de una parejita que intentaba sacar una muestra de la manzana
que llevaba como almuerzo, suelta en el asiento del acompañante, para verificar
que no fuese transgénica, no hubiese tenido contacto con agroquímicos y tuviera
certificado de trazabilidad, retomé mi camino dejando mi malsana estela. Empecé
e ver autos, autos y más autos estacionados en la banquina, prácticamente desde
el hotel. Mientras me preguntaba a qué genio del urbanismo se le ocurrió
construir una torre de cristal de quince pisos en medio de la isla, recordé que
se había venido El Niño e inundó el arenal que usamos como playa de
estacionamiento y dársena ocasional para el Setubalito. Y mientras estacionaba
al Dauphin en medio de un charco banquinero que nadie había usado recordé algo
que había leído una vez en un informe: casi la mitad de las sequías se habían
producido con El Niño. Casi la mitad de las inundaciones se había producido sin
El Niño. Una correlación entre El Niño y los excesos de lluvia de 0.5 se
consideraba “buena”, marcando el umbral para el desarrollo de buenos negocios
en contrataciones directas para movimientos de tierra, materiales de
construcción para la reubicación de inundados y de consultoras privadas y
oficiales para monitorear, modelar y prevenir el fenómeno. Si esto está rodeado
del frenesí electoral en el que estuvimos sumergidos hasta el hartazgo en las
primarias y del espectáculo del ballotage resultante, podría decirse que
estamos en el palco “avant-scène” de un
partido de truco donde una pareja canta la falta con 23 y capaz que la otra
agarra el envite y gana de mano. En otras palabras, en una de esas resulta
ganador el que más miente o, de otro modo, perdedor el que más cree.
Mientras
entraba saltando por encima de una horda de estudiantes de enfermería y
medicina que me querían pesar, medir, sacar una muestra de sangre para medir la
alcoholemia, la glucemia, la colesterinemia, la anemia, la calcemia, el
astigmatismo y una firma para certificar que soy donante de sangre y de todos
mis órganos, vi con alarma que no había
rastros del Setubalito. Sus amarras estaban cortadas, el cartel que publicitaba
a la fábrica de ravioles rellenos con gnocchi estaba torcido y tumbado como un
borracho, y en su lugar había un reluciente panel luminoso de acrílico y leds
multicolores que decía “Ampliamos Nuestras Instalaciones – Consulte
Próximamente la Sección Nuevas Variedades de Ravioles Rellenos con Gnocchi,
Nuevos Ravioles y Nuevos Gnocchi. También Nuevos Productos: Panqueques al Gusto,
Facturas (Vigilantes, Sacramentos, Bolas de Fraile, Frescas Boquitas de Dama y
Lengüitas de Gato). Necesitamos Personal. Inscríbase en nuestra Sección
Aseguremos Nuestro Futuro. No es Necesaria Ninguna Experiencia”.
Exactamente donde estaba
amarrado el Setubalito había un par de bicicleteros, un espinillo que me
pareció recién plantado y una vieja mancha de aceite. Me acerqué con nostalgia, con la esperanza de hallar alguna
huella de dinosaurio, algún coprolito o algo que me los recuerde; ahí sonó mi teléfono.
Vi que se trataba de
Tomatito Cherry y – como es lógico y
atinado, siguiendo mi cadena de mandos – atendí.
-Piolincito
mío, mi amado. Cuando salgas, ¿podrías pasar por el súper y traerme dos litros
de leche y un frasco de champú?
-Por
supuesto, mi adorada, luz de mis días, oxígeno de mi aliento, aguas de mi río,
único elemento de mi…
-Cortala,
potz. No te olvides.
-Pero
todavía ni entré, no le mostré a Argos Panoptes que llegué.
-Cuando
salgas, te dije. Chau.
Después
de venerar melancólicamente el Cenotafio al Setubalito, di media vuelta para
dirigirme a la Plaza Recce y entrar a la Facultad. Algo me detuvo: una rama
espinosa del churqui se me había enganchado de la manga. Intenté desengancharme
sin romper una de las dos camisas que me quedaban cuando escuché un susurro que
emitía el aromito.
-¡Pará,
Piolín! Tengo algo para vos.
Imaginen
mi sorpresa, amigos y vecinos. Me vi transportado al Reino Medio, con Frodo y
otros personajes de Tolkien, con grandes árboles parlantes, pero la realidad me
bajó de un hondazo. El espinillo era un disfraz; me di cuenta porque no olía a
espinillo sino a loción para después de afeitarse y algo a transpiración.
-¿Cuál
es su gracia, caballero?
-¿Mi
gracia? Despedir una flatulencia silenciosa y hedionda en un ascensor lleno y
mirar feo al tipo de al lado.
-No
me malinterprete, señor. Preguntaba por su nombre.
-Podés
llamarme Culo Playito – dijo, mientras con una rama me extendía un paquetito
envuelto en un diario viejo atado con cinta de enmascarar.
-¿Culo
Playito? ¿No sería más sencillo Ricardo, José o algo así?
-No.
Me gusta ése. Garganta Profunda está demasiado gastado desde el escándalo del
hotel Watergate.
-¿Y
qué hago con este paquete, señor Culo Superficial?
-Playito,
te dije. Escuchalo con atención.
Y
con un susurro vegetal, asistí a una transformación asombrosa. El churqui se
transformó en una jarilla, luego en un macizo de achiras, después en una planta
de espárrago morado, luego en un diente de león y al fin desapareció, dejando
un leve aroma a loción y un promontorio con un agujero en el medio, como de
vizcacha o de topo de la isla, llamado cuispor los lugareños. Guardé el
paquetito en mi mochila, me dirigí a la Plaza Recce e ingresé al hall de
entrada.
Sorteé
a algo así como setecientos estudiantes que asistían a una clase dictada en el
aula magna que está ahí a la derecha. Hacían un barullo tal que impedían
escuchar la clase a los mil doscientos que estaban adentro.
También traté de esquivar
el intenso perfume a baño de terminal vieja de ómnibus que salía de los
sanitarios para varones. Pensé en poner ahí adentro un cartel que diga “Señor usuario, usted no la tiene tan larga
como cree. Apunte bien.” Cuando llegué al ascensor, casualmente éste
llegaba a la planta baja portando cuatro estudiantes, una de ellas con evidente
sobrepeso.
-Perdón,
señoritas. El ascensor es para tres personas, no cuatro. Así se rompe.
-¿Y
a vos qué te importa? ¿Acaso lo pagás vos?
-Incidentalmente
sí. Lo pago yo, lo pagan mis compañeros, lo pagan los padres de ustedes y lo
paga hasta el que vende choripanes frente a la cancha de Unión. No tienen
derecho a intentar romperlo.
Me
miraron con cara de “si no evadís impuestos sos un potz” y se apartaron a
disgusto para dejarme subir. Nada. La puerta se cerró, se volvió a abrir, se
volvió a cerrar e inició ese ciclo de inutilidades crujientes que ya he
descripto en algún otro destilado.
Me
dirigí sin demorar más – Argos Panoptes se impacientaba – al cuerpo de
ascensores que está al lado del Rincón de Lola Drone (la cantina). Al costado
del ascensor grande titilaba una lucecita formando caracteres etruscos. Las
lucecitas al lado del ascensor pequeño indicaban, simplemente, que la puerta
había quedado abierta en el bunker del cuarto piso.
Fui
rápidamente hacia el ascensor que está en el recoveco de Bioquímica, me hice
ver por Argos y claro, ese ascensor andaba maravillosamente bien. Recordé que
alguna vez, durante la Asamblea Constituyente que se realizó a fines del siglo
pasado en Santa Fe y Paraná, en el tercer piso de Bioquímica estaba la oficina
del Rector de nuestra universidad. Por supuesto que el ascensor es de otra
calidad. Y pensé que hacer que los cuatro ascensores funcionen bien, todos,
debía ser más difícil que hacer chispas golpeando dos tomates maduros.
Ya
en el tercer piso atravesé el ambiente catedralicio de la superioridad
bioquímica – me miraron con suspicacia – y me dispuse a enseñar e investigar
todo el día, cosa que hice mientras intentaba, de vez en cuando y casi siempre
infructuosamente, conectarme a alguna red WiFi de las que andan dando vueltas
por ahí. Aproveché un pedazo de cable que había sobrado de una instalación
vieja para intentar comunicarme de manera alámbrica, pero el fracaso era
persistente. Tampoco tenía señal celular, así que ahí me encontraba, en medio
de la isla, incomunicado y rodeado de cuadrillas de ciudadanos que no fumaban,
no bebían, no se drogaban, comían yogur y ensaladas sin condimentar, se
ejercitaban en cuerpo y mente saltando de un piso a otro, no tomaban sol en
horas de alta radiación y eventualmente morían sin saber por qué. Igual que
uno.
Al
irme recordé el encargue de Tomatito Cherry y derivé hacia el gran kiosco
autoservicio que está a mano derecha yendo a La Guardia.
Leche y champú. Llegué a
la zona de los lácteos y vi leche descremada, leche parcialmente descremada,
leche fortificada con hierro y vitaminas de cuya existencia no tenía idea y
menos idea de para qué servían, leche larga vida, leche corta vida, en cajas,
en sachet, en polvo, leche entera, pasteurizada, liofilizada, ultraviolada (o
ultra violetada, no sé bien la diferencia), para niños de 0 a 2 años, de 2 a 4
años, de 4 a 8 años y mayores de 8. Tuve que recurrir a un dependiente que
recorría los pasillos con aspecto de ocupado y un cartel pintado en la espalda
ofreciendo ayuda.
-Perdón,
caballero. ¿Dónde está la leche?
Me
miró con un gesto como de incomprensión y me señaló la amplia zona que ya había
recorrido. No pude hacerle entender que buscaba leche común de vaca holando-argentina,
vaca criolla y común si las hay, leche blanca y líquida, sin aditivos ni
quitativos, simplemente potable. No. No había. Todas habían sufrido alguna
especie de transformación que elevaba su precio desde el simple peso que le
pagan al tambero hasta el simple dólar contado con liqui que cuesta en la
góndola. Recurrí al primitivo y azaroso
“uno-do-li-tuá-oso-fete-colo-rete-este-para-tí-este-para-mí” y tomé la cajita
señalada y la que estaba al lado.
Me
faltaba el champú, y allá fui, decidido y con mis dos cajitas en el changuito. Ahí
me encontré con el otro problema. Champú para pelo seco, para pelo graso, para
pelo seco y enrulado, para pelo graso y enrulado, para pelo liso y graso, liso
y seco, anticaspa, para piojos y liendres, para fortificar el pelo, para
hacerlo crecer, para hacerlo brillar o para opacarlo, para reparar un número
impar de daños, para reparar un número par de daños, uno muy caro que reparaba
exclusivamente un número primo de daños, para teñir canas, para encanecer, para
que no se caiga el pelo, de todas las variedades anteriores pero para cabello
rubio, o castaño, o negro, o colorado, en forma de cremas o líquidos, con
proteínas o sin, con ácido desoxirribonucleico o sin, de varios colores,
transparentes u opacos, con o sin crema enjuague suavizante incorporada y
algunas otras variedades que más que seguro me estoy olvidando.
Recurrí
de nuevo a otro dependiente con el mismo aspecto de estar haciendo algo
importante para el mundo.
-Perdón,
caballero. ¿Dónde está el champú?
Me
hizo el mismo gesto que el anterior, pero esta vez habló, ya que me consideró
una clase particular de idiota.
-¿Qué champú necesitaba el
señor?
-Champú común, para
lavarse la cabeza, me parece.
-¿Tiene alguna particularidad
en el cabello?
-No. Es pelo común. Sano.
-Lamento. No tenemos
champú para pelo común y sano. Y sin más, continuó arreglando su mundo.
Nuevamente apliqué mi
método de selección y elegí un frasco de algo que estaba en esa góndola,
rogando que sirviese para lavarse el pelo.
Pensé que podía permitirme
un gastito extra y fui al sector bodega para elegir un vinito para pasar el mal
trago. Para qué. Vino blanco, tinto, rosado, en caja y en botella, varietal,
bivarietal, trivarietal, malbec, shirah, borgoña, cabernet, tempranillo,
tardío, dulce natural (supuse que debía haber dulce artificial o “abocado”,
como decía mi abuelo), merlot, chardonnay, riesling, semillón, frambua, torrontés,
un lote de “liebfraumilch”, un vino importado del Rhin (mis conocimientos
básicos de alemán me sugerían que liebfraumilch significa “leche de mujer
amada”, qué asco) y cien o mil variedades más. No tuve más remedio que ir a la
punta de la góndola donde estaban los vinos de menos de treinta pesos y aplicar
mi ya conocido método de selección. Yo soy de los que ponen un cuarto de vino y
tres cuartos de soda, así que queridos lectores, amigos, parientes y vecinos,
imaginen.
Pasé por la caja con mi
carrito de compras con los cuatro envases de líquidos y me fui, raudo, a disfrutar
de mi hogar. Me fui rápido para ver si recuperaba algo de los cuarenta y cinco
minutos que demoré en elegir un champú, dos litros de leche y un vino y algo de
los treinta minutos de la cola de la caja. Inútilmente. Los corralitos de
Aguas, las ondas verdes que parecían rojas, los controles recaudatorios de la
municipalidad para con las motos y dificultando el tránsito y otras lindezas me
prohibieron toda urgencia, y llegué a casa con la lengua afuera, el Dauphin
recalentado y mi paciencia exhausta.
El vino resultó un tinto
genérico apto sangría, así que lo mezclé con una Pritty limón que me había
sobrado de las navidades del 2014 con mucho hielo y resultó más o menos
palatable. El champú resultó ser uno para pelo rubio, lacio y graso. Tomatito
tiene cabello colorado, enrulado y seco; la leche fue una parcialmente
descremada, fortificada con todas las vitaminas habidas y por haber, hierro,
calcio, microfiltrada, ordeñada de vaca aparentemente feliz según el dibujo del
cartón y con flora intestinal agregada para facilitar la digestión, ya que el
humano es el único mamífero que toma leche de adulto (¿quién ha visto a una
vaca adulta tomar leche?). Tomatito la quería para probar de hacer dulce de
leche casero para ver si le resultaba más barato que el comprado hecho y usarlo
en un pionono para las fiestas.
Después de superado el
disgusto y cenado un locro congelado desde las fiestas mayas – amigos y
vecinos, el locro no es recomendable para el verano santafesino – vacié la
mochila para poner algo de orden en mis papeles y me encontré con el misterioso
paquetito que me había dado el Churqui Culo Playito y del cual ya me había
olvidado completamente.
Lo desenvolví. Estaba
envuelto en un papel de un diario anarquista de la década del 30, “La
Protesta”; decidí guardarlo para enmarcarlo y tener una referencia histórica de
valor colgada de una pared del departamento. Simplemente, quería recordar que
ya hace muchas décadas estaban en pugna dos proyectos, uno de país como nación
y otro de país como empresa. Por supuesto, según la humilde y desautorizada
opinión de un ciudadano, yo, sin mayor
ni menor formación política, ocupado y preocupado por la pitanza diaria y por
los repuestos para el Dauphin.
Esperaba encontrarme con
algunos papeles, olvidando que Culo Playito me había pedido (¿ordenado?) que lo
escuche. Era un objeto desconocido, muy distinto de un pendrive, un diskette o
un casette. Era, sí, una cinta magnética enrollada en un carrete de casi siete
centímetros de diámetro y cinco milímetros de alto, más o menos.
No supe qué hacer con esa
cinta. Se la mostré a Tomatito y a mis hijos. Mientras Tomatito adquiría una
mirada pensativa, mi hijo mayor adquiría una mirada repulsivamente sobradora
mientras murmuraba al menor “Mirá lo que trae el viejo, me parece que se fisuró”,
dirigiéndose acto seguido a mirar el partido de hándbol femenino entre una
escuela secundaria de Milwaukee y una preparatoria de Wisconsin; no puede estar
sin ver deportes por televisión.
La mirada soñadora y
pensativa de Tomatito había dado lugar a una de reconocimiento.
-Esto es una cinta de
grabador. Estoy segura.
-¿Te parece? Pero las
cintas vienen en una cajita cerrada, más chica que esto, y además tienen dos
carretes. Esto tiene un carrete solo.
-Eso que vos decís es un
casette, una cajita que te solucionaba todo. Esto es un carrete, yo me acuerdo
que mi viejo tenía un grabador del tamaño de una caja de zapatos que usaba este
tipo de cinta. Andá sabé dónde habrá ido a parar…
-¿Podrías averiguar? A lo
mejor lo tiene tu hermano, o alguno de tus tíos.
-No creo. Mañana les
pregunto.
Pasó la semana. Del
aromito ni noticias, al cartel que publicitaba ravioles, gnocchi y panqueques
le habían agregado guirnaldas de leds de colores, la Plaza Recce siguió igual
de árida (todo lo contrario de lo que fue el Flaco) que cuando la bautizaron,
los ascensores siguieron funcionando errática y espasmódicamente – excepto el
del recoveco –, el baño siguió despidiendo efluvios fétidos y en el Rincón de
Lola algunos precios no bajaron y todos los otros tampoco.
Así llegó el fin de la
semana. El sábado a la mañana me desperté tarde y Tomatito no estaba. Me
preparé unos mates con yerba nueva, ya que la que había puesto a secar al sol
se me había humedecido con uno de esos chaparrones obsequiados por El Niño.
El segundo litro de agua
ya se estaba calentando en uno de esos calentadorcitos de alcohol (la garrafa
de gas había exhalado su último suspiro con el último litro de agua) cuando
llegó Tomatito con un paquete misterioso que parecía bastante pesado, del
tamaño aproximado de una caja de zapatos.
-Adiviná lo que te
conseguí – me susurró al oído. Cuando ella me susurra al oído se me erizan
todos los pelitos de la nuca y en lo que menos pienso es en cualquier
misteriosa caja de zapatos.
-No tengo idea. Así no
pienso.
Con tono de final de
tango, siguió susurrándome – “chan, chán” – y depositó el paquete sobre mis
muslos. Estaba envuelto en varias hojas del diario “Nuestra Palabra” del año
1952, del Partido Comunista. Decidí enmarcar y colgar la primera hoja, esta vez
para recordarme lo equivocados que pueden llegar a estar algunos que creen
hacer las cosas bien y terminan metiendo la pata hasta la coronilla.
Ahí, con su color crema
opacado por los años, cinco botones multicolores y un carrete vacío puesto,
estaba él, la solución al paquetito de Churqui Culo Playito: un grabador Geloso,
fabricado en 1962 por un tal John Geloso en Milán, Italia, según un cartelito
de metal remachado en un costado.
El sábado pasó sin mayores
novedades.
Y el domingo temprano,
aprovechando que todos dormían, comprobé que pese a ser material de museo el
Geloso todavía funcionaba, y me dispuse cómodamente a escuchar algo agradable o
emocionante. Tenía en mente el “Nessundorma”, del Turandot de Puccini, o el “O
Fortuna”, del Carmina Burana de Orff, o el “AlsosprachZarathustra”, de Strauss,
que inevitablemente me traía a la mente el “2001, Odisea del Espacio”, o quizá
el Cuarto Movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven, que me traía a un
jovencísimo Malcolm McDowell, haciendo del violento y drogado Axel en “La
Naranja Mecánica” y hablando en nadsat.
Pero no, estimados
lectores, amigos, parientes, vecinos, colegas y “drugos”, ya que mencionamos a
Anthony Burgess (y a Stanley Kubrick, el de 2001, qué coincidencia) y su
naranja. No era ninguna pieza musical, ni clásica, ni rock&pop, ni blues,
ni folklore.
Era una grabación de una
reunión, o asamblea, del uno de los Departamentos Fundacionales de nuestra
Facultad: el Departamento de Hidráulica.
(…Continuará)
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