por: ANTONIO GALARZA·
Nací
en un hogar humilde, hijo de una empleada doméstica (o sirvienta, como le
decían realmente a mi vieja) y un empleado administrativo. El menor de siete
hermanos. Durante los noventa (y antes y después, pero especialmente en los
noventa) nos cagamos de hambre, siempre juntando el mango para nunca llegar a
fin de mes. Vi a mi viejo un par de veces desocupado, la primera en pleno
contexto menemista, después del corralito de Erman González. Durante ese tiempo
sin trabajo, había adoptado la costumbre de salir a la noche a caminar con mi
mamá. Con el tiempo me di cuenta que “caminar” significaba ir a algunas
panaderías a buscar algo de lo que había sobrado del día -las cortezas del pan
de miga, por ejemplo- para darle de comer a sus hijos. Tiempo después, ya con
laburo cuyo sueldo nunca alcanzó y con demasiado esfuerzo, me mandaron al
secundario a un colegio confesional, a ver si la educación privada me daba
alguna oportunidad en la vida.
A
los 15 años tuve mi primer trabajo de temporada: en negro por supuesto, armando
quemadores de calefón desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde,
de lunes a sábado. También fui repartidor en una verdulería. Como era de
esperar, allá por 1999 la cosa no daba para más y antes de terminar el
industrial me tuve que poner a laburar de forma permanente en una fábrica.
Terminé el colegio trabajando a la tarde-noche y con el sueldo pude pagar el
último año de cuotas, que con lo que cobraba mi viejo ya era imposible de
sostener y debíamos muchos meses. Seguí laburando en la fábrica dos años más (y
en mis “ratos libres” me clavaba ocho o diez horitas trabajando de cocinero)
hasta que en agosto de 2001 me rajaron de todos lados. No tenía guita para
pagarme un pasaje a España, ni ciudadanía. Para mí, como para muchos, no había
una Europa adonde escapar.
Como
siempre había sido buen estudiante, con 21 años y perspectiva de nada, en el
2002 empecé el profesorado en historia en la Universidad pública. Al mes de
empezar, sin un mango, lo rajaron a mi viejo del laburo, sin pagarle nada. Nos
volvimos a cagar de hambre, literal, aunque ya estábamos todos grandes y no
hacían falta “caminatas”. El primer año lo sorteé gracias a vender la guitarra
y apuntes prestados, y algún que otro laburito que duró poco y nada. Ya en
segundo, conseguí un plan “barrios bonaerenses” que me ayudó a pagar apuntes
hasta que saqué beca de ayuda económica en la facultad. También volví a
trabajar en gastronomía en las temporadas de verano (una fábrica de pastas, una
parrilla, un hotel 5 estrellas, algunos café-bar y la fotocopiadora de la
facultad me contaron entre sus filas durante los cinco años que duró la
carrera). Con esfuerzo, tras largas noches de estudio metido en la cama para no
gastar gas, tirando todo el día en la facultad a fuerza de mate y galletitas,
siempre en bici pese al frío marplatense, me recibí en 2007 de profesor en
historia, con diploma de graduado sobresaliente. Gracias a las buenas notas que
siempre tuve accedí a becas, de la Universidad primero y de CONICET después. Me
recibí de licenciado y de doctor en historia. Me dediqué de lleno a la
investigación, algo que ni siquiera imaginaba cuando empecé a estudiar. Gané un
concurso como ayudante en la misma Universidad donde estudié, en la que ahora
doy clases, y soy investigador de CONICET. Hoy soy un privilegiado porque
laburo de lo que me gusta y puedo vivir de eso.
Según
el lente con el que mires mi historia, puedo ser un claro ejemplo de
MERITOCRACIA. Al menos según la ideología que nos quieren vender hoy desde los
medios masivos y desde el gobierno: salí de pobre gracias al esfuerzo personal,
pese a todas las dificultades, lo que se dice un auténtico SELF-MADE-MAN. Mi
historia pegaría bien en una publicidad decorada con globos amarillos que
intente mostrar que el sistema funciona bien y que el mercado siempre le da
oportunidad a los que saben esforzarse. Hasta podría dar una charla de
auto-superación personal para alguna fundación u ONG inventada por algún garca
para no pagar impuestos.
Pero
no. Como muchos, le metí esfuerzo, sudor y lágrimas, sí. Pero sin el ESTADO,
sin la ayuda de políticas concretas -becas de ayuda económica, becas de
investigación, educación PÚBLICA- hoy seguiría cortando chapas o preparando
comidas en algún restorán, trabajos dignos si los hay, por supuesto. Pero las
políticas de educación pública y gratuita, las ayudas económicas para estudiar,
el apoyo al sistema científico, me dieron la oportunidad que jamás hubiera
tenido por haber nacido pobre. El esfuerzo tiene que estar, sí, pero cuando te
tocó perder de entrada, como fue el caso de mi familia, si el Estado no te
ayuda, olvídate: el esfuerzo, con suerte, te sirve para subsistir, mal, como a
mi abuelo o a mis viejos. SIN LA UNIVERSIDAD PÚBLICA (y la Educación pública en
general) es imposible. Por más esfuerzo que le hubiese metido, nunca hubiera
podido estudiar en una Universidad arancelada o con ingreso restrictivo que
significaba tener que pagarme un apoyo y no poder trabajar. No nos comamos “el
chamuyo de la meritocracia”, ni el de que la gente tiene que recuperar la
cultura del sacrificio o que a la universidad no se va a hacer política. No
tenemos que recuperar nada porque nunca lo perdimos, y la política forma parte
de la educación y de nuestras vidas. Lo que ese discurso persigue en realidad
es legitimar el desfinanciamiento de la educación pública, porque la consideran
un gasto y no una inversión: que nadie se queje, que nadie haga un paro o una
marcha.
Lo
único que tiene que hacer el gobierno es aumentar el presupuesto educativo,
para que más pibes -como yo en su momento- tengan la oportunidad de estudiar. Y
que se metan la meritocracia en el culo, no la necesitamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deje su mensaje, y debajo, su nombre y email.